sábado, 29 de agosto de 2015
El combate medieval de las pelis es... puro teatro.
En las películas se tiene la tendencia de ver combates entre caballeros "limpios", donde los tajos, estocadas y paradas en plano están a la orden del día, pero nunca fue así. El combate medieval era tan sucio como requería la situación, incluyendo el lanzamiento de piedras, patadas, puñetazos, cabezazos... todo por salir vivo.
Aunque estén casi desaparecidas, existían artes marciales que posteriormente desembocarían en el boxeo o el savate fracés, donde los combatientes básicamente se golpeaban con puños y pies hasta que uno de los dos no podía levantarse y seguir. Era algo común en casi todas las clases sociales, las disputas se resolvían a golpes y ésto se trasladaba al campo de batalla.
Además, las luchas a espada no eran precisamente un intercambio continuo de golpes, al contrario, los periodos de enzarzarse eran bastante cortos. Los combatientes se estudiaban, mantenían la distancia lo máximo posible, ayudándose de la guardia media, que consistía en mantener la espada recta entre los ojos del rival, lo cual le impedía calcular la distancia entre la espada y él y su longitud de forma correcta.
Una vez ambos combatientes decidían la forma en la que iban a empezar el combate, la guardia cambiaba, si se era rápido pero menos fuerte que el rival, se utilizaba la guardia alta, manteniendo la espada por encima de la cabeza con los brazos en alto, invitando al rival a atacar al dejarle el pecho al descubierto, a cambio de tener la posibilidad de lanzar un potente tajo con toda la longitud que permitían los brazos y el largo del arma.
Si, por el contrario, no se podía sopesar la fuerza y velocidad del rival, o se dudaba de la propia capacidad de reacción era común mantener la guardia media para ganar tiempo, o cambiar a la guardia baja. La guardia baja consistía, básicamente en mantener la "cruz" de la hoja, llamada guardia, por debajo de la cintura.
Desde ésta posición, considerada como "atacar cediendo la iniciativa" era muy fácil deflectar los golpes del rival, por potentes que fuesen, además de dar la posibilidad de atacar continuando el movimiento natural de la hoja en su subida.
Ésto es lo que indicaban los manuales, pero poco tenía que ver con la realidad. Los caballeros usualmente intentaban apartar el arma del contrario y agarrarle el brazo, haciendo que no pudiese defenderse y golpearle con todo lo que tenían. Lo común y lo más registrado eran patadas para desequilibrar al contrario, pero lo más efectivo contra rivales sin protección rígida, como una coraza o placas, eran los puñetazos, o los cabezazos si no tenía la cara completamente cubierta.
Efectivamente, muchos preferían no llevar la cara tapada, normalmente por mantener una línea de visión completa, aun comprometiendo su seguridad. Para solucionar ésto se inventaron las barbutas, cascos abiertos, con una cruz sobre la nariz que impedía que un golpe pudiese romperla, o la mandíbula, sin comprometer la línea de visión y dando una protección a la nuca.
La barbuta era un casco común para la infantería, permitía girar la cabeza y ver sin problema, lo cual era completamente necesario si no se quería morir apuñalado por la espalda, pero no era el casco más común, pues eran los capacetes los que tenían ese honor.
Los capacetes eran un casco en su expresión más simple, un "cono" o media esfera de acero, acolchada con cuero puesto en la cabeza, con cruz para la nariz o sin ella.
Curiosamente, el casco "típico" de los españoles y portugueses durante la conquista del Nuevo Mundo era un tipo de capacete llamado Morrión.
Mientras ambos combatientes estaban en pie era difícil que el combate terminase, después de cada intercambio de golpes, evaluaban el estado del contrario, sopesaban su cansancio, posibles heridas, amagaban repetidas veces para comprobar sus reflejos, y al mismo tiempo descansaban lo máximo posible antes de atacar otra vez. Los combates podían llegar a durar varios minutos sin demasiada dificultad, si no se entrometía nadie.
Puede parecer extraño, pero los duelos de honor eran comunes, y en España se registraron muchos casos donde se cruzaron duelos entre cristianos y musulmanes. Usualmente el duelo entre dos nobles, o dos generales, los cuales podían designar un paladín, un combatiente que se batiría en duelo, y con ello se decidiría la batalla sin perder a cientos de hombres y recursos.
Como todo en la vida, los combates tenían que llegar a su fin, dependiendo la situación podía ser más sangriento o menos, era común perdonar la vida si no había temas personales entre los combatientes, además de poner al perdedor en el brete de deber un favor. Éste fin llegaba, normalmente, cuando uno de ellos caía al suelo, si no se le iba a perdonar la vida, se le remataba, pero había un pequeño problema... no era tan fácil atravesar la armadura del caído, así que había que echarle imaginación y, por supuesto, el yaciente iba a intentar hacer lo propio para salvar su vida.
Una de las formas más comunes era darle la vuelta a la espada, agarrarla por la hoja y... golpear con la guardia. Puede parecer estúpido, pero lo cierto es que era común, agarrar la hoja era perfectamente posible, y no era porque no estuviesen afiladas, era habilidad y fuerza a partes que iguales.
Las guardias de las espadas eran de acero templados, y eran más resistentes que la punta, además, al no estar afiladas no había problema con golpear repetidamente un escudo o una armadura sin mellarla o ponerla en peligro. Además, de ésta forma la espada pasaba a ser un martillo, golpeaba un pico, haciendo llegar toda la fuerza del impacto a un punto muy pequeño, ejerciendo muchas más fuerza que si se golpease con el filo o la punta.
Por su parte, el caído tenía que jugar con la distancia y la inclinación de su espada. Al no tener espacio para cargar el tajo, sólo podía intentar mantener alejado al enemigo mientras intentaba levantarse, llegado ese momento, el caballero usaba su escudo, si tenía, para ponerlo contra su pecho, apoyaba su espada contra el lateral e intentaba desviar todos los golpes hacia el suelo, sin dejar de arrastrarse y buscar una pequeña posibilidad de salvarse.
Efectivamente, una pequeña posibilidad, remota, pues los duelos de exhibición en torneos terminaban cuando uno de ellos caía al suelo y en el campo de batalla rara vez de desaprovechaba la posibilidad de rematar rapidamente a un enemigo en el suelo.
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