miércoles, 11 de noviembre de 2015
El pueblo, las vacas, los burros, los asnos y el gobernador.
Hoy vengo a presentar una pequeña historia, cuyo cualquier parecido con el sentido común es mera coincidencia, con la realidad es otra historia...
Había una vez un pueblo pequeño hace mucho tiempo que, como todos los pueblos, mantenía un pequeño ecosistema forjado en el costumbrismo, en su pequeño libro de normas, sus pérdidas y sus ganancias. El pueblo tenía una suerte formidable con respecto a su situación geográfica, era un cruce de caminos obligado, disfrutaba de pocos pero buenos artesanos, cosechas abundantes y un ingenio tal que resonaba en la mayoría de la comarca como un ejemplo a seguir, algo ejemplar prácticamente.
En éste pueblo uno de sus principales ingresos era la ganadería vacuna, la crianza de vacas, tanto para carne como para leche, y tras ésto, se forjaba una cadena de trabajos tales como matarifes, curtidores, lecheros, queseros... que vivían holgadamente, sin demasiados sobresaltos, así que no se preocupaban demasiado por lo que traería mañana, confiaban en que la fuerza del trabajo podría con todo, y con ella habían salido sus antepasados de peores, así qué, ¿por qué iba a cambiar ahora?
Así avanzaron los días hasta que el alcalde, un labrador que aceptó la carga de tener que conciliar a unos y a otros por la razón, la maña o la fuerza salomónica, fue demasiado mayor para seguir en sus funciones, tanto campestres como políticas y se vio forzado a abandonar ambas, y ésto trajo oscuras nubes de tormenta sobre el futuro del pueblo.
La capital, decidiendo atajar la posibilidad de que un pequeño grupo del pueblo, en cónclave, rigiese el destino del resto de forma egoísta, envió a un nuevo gobernador, un joven burócrata de traje que nunca había salido del sitio desde el que le enviaron.
A su favor tenía sus contactos con la capital, sus consejeros, su capacidad de diálogo, pero todo lo demás en contra: no entendía el sitio al que le habían enviado.
Al llegar, el revuelo fue inmenso, la mayoría de los habitantes del pueblo no habían conocido a otro mandatario que no fuese el viejo alcalde, y nunca habían tenido demasiado interés en el protocolo, la burocracia o lo que había más allá de su comarca, de su espacio vital, así que muchos desconfiaron, otros lo vieron como una oportunidad de ser más grandes, y otros se preguntaban porqué si el alcalde salió del pueblo, ahora venía alguien de fuera y no les preguntaban siquiera qué opinaban sobre el asunto. Obviamente, llegó a oídos del joven éste hecho y decidió promover unas elecciones para alcalde, y él pasaría a ser gobernador con la complacencia de la capital, para los asuntos que no fuesen internos del pueblo o superasen las competencias y conocimientos del futuro alcalde.
¡Ésto era una total novedad, elecciones! Nadie en el pueblo había votado nunca, el alcalde nunca había sido un poder reconocido de forma oficial, había estado allí siempre y no había hecho falta otra cosa, así que no tenían demasiado claro qué hacer, y aquí empezaron las diferencias.
El primer problema era quién podría presentarse a alcalde, unos defendían que sólo los nacidos en el pueblo deberían poder optar al puesto, sin embargo, muchos de los jóvenes, y no tan jóvenes, habían llegado al pueblo y se habían establecido allí sin problema, y querían tener la opción a presentarse a las primeras elecciones. La segunda cuestión fue casi más escabrosa si cabe, ¿debían votar las mujeres?, al fin al cabo, ellas no eran la cabeza visible de nada. Ese tema tuvo fácil solución: las mujeres se pusieron en pie de guerra y se aceptó el sufragio para ambos géneros. Luego vino la siguiente pregunta: ¿Qué requisitos se debían pedir para votar? Mientras los bachilleres y otros letrados defendían que sólo debían poder votar los estudiosos, un grupo aun mayor defendía que el anterior alcalde sabía de libros poco más que leer y escribir, y nunca había sido un problema. Los potentados defendieron la idea de que sólo la gente con propiedades en su haber debía tener ese derecho, al fin y al cabo eran los que sufrirían las consecuencias de una política negligente sobre sus carnes, mientras que el resto podría marcharse.
Después de varios días se llegó a un término bastante central: se podrían presentar para el cargo todos los que tuviesen derecho al voto, tanto del núcleo urbano como de los caseríos y aldeas aledaños. Votarían hombres y mujeres, letrados y analfabetos, de potentados a jornaleros, el requisito de edad era el mismo que para el casamiento, dieciocho años, pero aun quedó un tema pendiente: quedaba gente en el pueblo que no cumplía esos requisitos, pero al menos deberían poder pronunciarse.
Ésta gente, cazadores de larga distancia, que vivían de mantener los bosques limpios y vender sus piezas, algo errantes, guardas que venían de la capital por servicio y luego se marchaban, obreros ocasionales y jornaleros que habitaban el pueblo por épocas y gente sin oficio ni beneficio, se quedaban fuera, así pues, ¿qué hacer con ellos?
Al no estar siquiera en la asamblea, pues estaban ocupados en sus labores habituales, muchos de ellos muy lejos del propio pueblo, no sabían lo que estaba sucediendo, fue fácil dejarles fuera del sufragio, así pues, el resto de ocupantes de esas tierras no tendrían derecho al voto, al fin y al cabo, ¿qué más les daba? No solían estar por allí...
Y así llegaron las elecciones, y el pueblo votó en masa, o casi, pues hubo un gran número de abstenciones de gente que abogaba por la no existencia de un cargo redundante: el gobernador en poco tiempo podría hacer lo mismo si tenía la ayuda de los lugareños y, si se negaba a escuchar, siempre podrían ignorarlo. Éstas elecciones dieron un empate, algo que nadie esperaba y que no habían contemplado: un potentado y un matarife salieron de ellas con los mismo votos.
Ante esta eventualidad se decidió que, bueno, habría tres personas ocupando el cargo, así pues, el tercero sólo votaría en caso de empate, para romperlo pero... ¿de dónde sacar a alguien imparcial para éste cargo?
El tema era bastante peliagudo, los potentados apoyaban a su candidato abiertamente, tendrían la hegemonía total si el tercero era uno de ellos. De la misma forma, los pequeños comerciantes y los trabajadores apoyaban al matarife, había surgido de la nada hasta tener un pequeño negocio que controlaba un paso importantísimo en la vida del pueblo, transformar un animal que muge en piezas aptas para vender y comer, y de él dependía gran parte de la economía del resto, así pues, no podía ser ninguno de ellos, o en poco tiempo podrían forzar a los potentados a actuar en contra de sus intereses de forma continuada. La respuesta a éste enigma llegó de casualidad.
Un día, mientras se discutía a grito pelado, chatos de vino en mano, quién debía ser el tercero, si debían convocarse unas nuevas elecciones esperando romper el empate, o si debían olvidarse de un tema que no había traído nada bueno, apareció uno de aquellos que no tenía sufragio: un cazador.
A pesar de ser un conocido en el pueblo, iba poco por allí, sus labores de caza y de seguridad le mantenían ocupado, él y los suyos eran los responsables de asegurarse que no había animales enfermos merodeando, ni depredadores grandes al acecho del ganado, así que sólo iba al pueblo a vender pieles y a comprar enseres tales como munición, pólvora, ropa y otros tantos de los que no podía aprovisionarse en el bosque.
En ese momento todos decidieron que esa figura que bajaba con un montón de pieles, un mosquete, su cuchillo y su hacha debía ser el tercero, al fin y al cabo, no tenía interés directo sobre los temas que atañían al resto.
Después de unos chatos de vino, algo de charla y comida, el cazador aceptó, no sin antes quejarse sobre la situación de incapacidad que habían dejado a los suyos, fuera del sufragio, y de hacerles prometer que no sería así en las siguientes elecciones, cuando fuera que las hubiese.
Tras ésto, se decidió que las reuniones serían una vez a la semana, y que cualquier tema que no pudiese ser zanjado entre los dos fijos, tendría que esperar a la siguiente semana, pues él sólo se podía permitir bajar cada cierto tiempo, y aun así dos semanas entre visitas eran menos tiempo del que normalmente espaciaba.
La cosa siguió con normalidad, al fin y al cabo, ¿cuántos problemas que requiriesen la intervención del alcalde podían generarse en una semana? Apenas fue uno, fácilmente resoluble, sobre el pago a unos jornaleros que no habían podido terminar de labrar a tiempo porque había muerto el mulo. Sin embargo, resultó no ser tan fácilmente resoluble.
El potentado defendía que no se debía pagar a los jornaleros la parte proporcional, no habían cumplido el trabajo y eso costaría más de que proporcionalmente se podría suponer: esa parte del campo habría de labrarse, de lo contrario se tendría que mantener limpia, regarse, abonar... tal y como si estuviese sembrada, o en la siguiente campaña podría perder productividad, o ser atacada por plagas que afectarían a lo que sí se había sembrado. El matarife adujo que los jornaleros no podían luchar contra una causa de fuerza mayor, el mulo no era de su propiedad y, por lo tanto, no eran los responsables de su estado de salud, ni de los problemas que éste causase sobre el trabajo.
Después de horas discutiendo, de escuchar los diferentes puntos del problema, no se llegó a nada y se decidió que el cazador sería quien rompiese el empate.
Durante las siguientes semanas la tensión se respiraba en el ambiente, el lado de los potentados culpaba a los jornaleros de la muerte del mulo, de las pérdidas que ésto generaría y de plantar batalla de forma cínica para cobrar un dinero que no les correspondía. Por su parte, los jornaleros ,en frente común, culpaban a los potentados de estafarles, de conocer el estado del mulo y de saber que ese trabajo sería el último del maltrecho animal, si hubiese llegado a terminarlo y, por lo tanto, exigían el pago por sus servicios hasta completar el total por el tiempo que pasarían desocupados al no seguir labrando y sembrando.
El aire se podía cortar con un cuchillo, tanto fue así que el gobernador tomó parte. Como la mayoría de los pueblos, las navajas eran algo común en el bolsillo de los lugareños y, temiendo un enfrentamiento las prohibió hasta que se resolviese el asunto la semana siguiente. Ésto no gustó a la mayoría del pueblo, siempre habían llevado una navaja y no veían porqué debían dejar de cargar con ella, además, temían que alguien se saltase esa nueva ley y no tuviesen como defenderse, así que el cumplimiento fue dispar.
El siguiente viernes, tal como se esperaba, apareció el cazador, ésta vez con menos pieles, pero cargando sus habituales herramientas: su mosquete, su cuchillo y su hacha. Justo al entrar al pueblo, uno de los guardas le pidió que entregase su cuchillo y su hacha, estaba prohibido portar tales objetos en el pueblo dadas las actuales circunstancias.
El cazador accedió, esperando poder resolverlo y volver a su normalidad, a llevar sus objetos, y marchó a reunirse con los otros dos implicados.
Tras exponer el tema, el cazador decidió que el matarife y los jornaleros tenían razón: el animal era viejo, era conocido por todos, y se debía haber previsto que algo así podría pasar y dejar a medias el arado, la siega, o simplemente no haber ni podido empezar, y puesto que el trozo de tierra restante era demasiado grande para ararlo a mano, el potentado tendría que soportar las pérdidas o agenciarse otro mulo y que los jornaleros terminasen el trabajo.
Ésto enfadó sobremanera al potentado: tendría que comunicar a sus votantes el resultado de la deliberación. Sus votantes no se lo tomaron mejor, no entendían quién era aquel cazador para decirles que tendrían que pagar, si ni siquiera había podido votar, y no vivía en el pueblo. Aun con bravuconadas sobre pasarse la sentencia por el arco del triunfo, sabían que tendrían que pagar o les haría pagar la guardia, más una previsible multa como aviso al resto sobre desafíos con los cojones sobre la mesa y el probable resultado de que se los terminasen cascando.
El cazador se marchó complacido, el problema estaba resuelto y el pueblo podía volver a la normalidad, así que terminó sus tratos y recuperó sus enseres conforme abandonaba la pequeña urbe.
A pesar de que el problema esta resuelto sobre el papel, no estaba resulto para nada, la decisión había tocado el orgullo y el bolsillo de algunos, y había envalentonado a los trabajadores que veían como podían hacer retroceder a los propietarios de las grandes tierras. Ésto era algo obvio para el joven gobernador, él ya lo había leído, estudiado y visto, y puesto que con el actual clima de tensión o de decepción, según el bando, nadie se había acordado de la ley que eliminaba de la circulación sus pequeñas navajas, decidió alargar la prohibición y dio una instrucción clara a ambos alcaldes: contádselo a vuestros votantes como prefiráis, pero no puedo permitir que vayan armados por ahí y hagan una estupidez.
La cosa fue fácil de vender en principio: el potentado lo presentó como un problema de seguridad para sus votantes: no podían saber si alguno de los trabajadores haría un burrada, así que por su bien, no podría llevar nadie navaja.
Para el matarife fue un tema algo más difícil de presentar, sus votantes tenían necesidad real de llevar el objeto de la disputa en su día a día, así que lo presentó como una evolución de su estatus social: ya no necesitaréis esos objetos porque os daremos los medios para que no sea así.
En la siguiente reunión ambos candidatos decidieron hacer honor a la palabra del matarife, en pos de la estabilidad pública, así que crearon la oficina de servicios de primera necesidad para el trabajo, la cual se ocuparía de llevar y traer tales elementos, de garantizar que hubiese alguien con las herramientas necesarias siempre, aprobado por el consistorio para sus funciones y ésto haría más segura la vida de todos y más cómoda, además de ocupar unos cuantos puestos de trabajo.
El gobernador dio con algo que los voluntariosos alcaldes no habían pensado: los trabajadores tendrán que cobrar, y el dinero tendrá que salir de alguna parte.
Ésto iba a ser más escabroso... ¡Un impuesto!
Vale, hay algo que no había explicado hasta ahora: el pueblo mantenía su pequeña economía sin impuestos directos, el tributo era colectivo y se cumplía reformando y manteniendo el camino entre poblaciones y otras infraestructuras para la capital y, a tenor del pequeño gasto que causaban, nunca había sido necesario un impuesto, así que ésto era algo nuevo por completo.
Se reunió al pueblo por completo para informarles de la nueva tesitura y, como es lógico, no gustó un pelo a nadie. ¿Pagar por algo que antes no había sido necesario? No, no estaban de acuerdo. El consistorio tuvo que batallar duro con las objeciones de todos. Antes podían llevar sus navajas y sus herramientas, ¿por qué no volver a eso? La respuesta fue que en pos de la seguridad, no se volvería a esa tesitura por un tiempo indefinido. Ésto trajo acusaciones cruzadas, los potentados acusaron a los obreros de ser la causa de éste nuevo impuesto por ser un peligro, y los trabajadores acusaron a los potentados de no querer pagar la parte que les correspondía del impuesto que se había creado para solucionar un problema que concernía a todos.
Los potentados dieron una respuesta clara: ellos no tenían necesidad de llevar herramientas, y aun necesitándolo, podrían contratar a alguien que lo hiciese por ellos, así que no entendían porqué debían pagar por algo que no tenía que ver con ellos.
Una vez más, no se llegó a nada, los trabajadores aducían al bajo coste del impuesto, que sería aun menor si eran más los que pagaban, y los potentados alegaban que ellos no tenían una necesidad que necesitase ser cubierta, y de tenerla, podrían hacerlo por sus propios medios, así pues, se llegó al punto muerto que habría de romper el cazador en su siguiente visita.
Llegado el día, el cazador entró en la población esperando poder hacer sus negocios como los había hecho anteriormente, sin tener que dejar parte de sus pertenencias al guardia que esperaba a la entrada del pueblo pero, para su sorpresa, no fue así, el guarda volvió a pedirle sus herramientas cortantes.
El cazador las entregó a regañadientes, no sin antes preguntar repetidas veces al guarda si estaba seguro de que semejante ley seguía en vigor después de haber arreglado el problema que suscitó su creación.
Ésta vez el cazador, visiblemente molesto por la coyuntura del asunto, se encaminó a la reunión, esperando que el único tema del día fuese el porqué había tenido que dejar sus pertenencias a la entrada, pero no fue así.
El tercero para la decisión no terminó de comprender la necesidad de la creación de ese servicio público, ni de la prohibición de las navajas y otras herramientas cortantes, ni mucho menos porqué debían responder de forma forzosa los potentados por un servicio que no iban a usar, así que su decisión fue rápida: ya que no podía negarse a la existencia de ese cuerpo, puesto que la ley era de un orden superior al suyo, sólo tendría que pagar quien lo usase.
Decepcionado, el cazador salió de la estancia pensando en si de verdad tenía poder sobre las decisiones o sólo era el tercero en discordia para solucionar temas menores que realmente no importaban en la vida del pueblo: el impuesto era de una cantidad ínfima, aun más ridícula para el bolsillo de un rico, ¿pero quiénes eran ellos para forzarles a pagarlo? Aun así, éste tema sería inexistente si no estuviese vigente la prohibición de portar herramientas cortantes, así pues, de un problema creado artificialmente, se había derivado otro problema artificial.
El cazador abandonó el pueblo el mismo viernes, visiblemente preocupado por el cariz que tomaba la situación, y esperaba que se apaciguase de forma natural en los siguientes días, pero no fue así.
El cazador, a tenor de sus nuevas obligaciones, había descuidado parte de sus labores, lo cual le estaba costando dinero que no le era restituido por nadie, pues no lo consideraba necesario, ni justo, y había provocado una situación inusual: los lobos atacaban al ganado varias veces durante las noches, los animales habían perdido el miedo a acercarse a la población, una situación nueva.
Ante ésta eventualidad, los ganaderos de las zonas más lejanas desenterraron el hacha de guerra contra los cánidos, y así, armados con mosquetes de reciente adquisición, recorrieron los bosque abatiendo a los lobos, esperando asegurarse de que no volverían a acercarse a las lindes donde pastaban sus vacas.
No había ninguna ley que prohibiese defender al ganado de los lobos, así pues, nadie tomó en cuenta lo que estaban haciendo los ganaderos, muchos de ellos potentados, hasta que un día pasó lo inevitable: los ganaderos se habituaron a llevar sus mosquetes al pueblo. Ésto fue tomado por muchos trabajadores, ajenos a la necesidad de los ganaderos de defenderse, como un intento de mostrar la fuerza que podían desplegar los potentados, y se exigió al consistorio que se prohibiese el portar los mosquetes de forma abierta, y algunos exigieron directamente la confiscación de tales artilugios, los cuales podían matar a cualquiera y, en suficiente número, hacer valer su ley por la fuerza de las armas.
El consistorio respondió a la llamada de sus ciudadanos y se reunió. El problema era simple: los lobos estaban atacando a las vacas, los ganaderos necesitaban esas armas para poder defenderse y, a priori, no se les podría privar de ellas o sería una catástrofe, sin contar el hecho de intentar separar a un hombre de una herramienta que sustenta su medio de vida, herramienta que de usarse contra otro humano, probablemente reuniría con su creador al susodicho. La otra parte era también obvia: muchos hacían alardes indebidos de sus armas, elementos peligrosos, y la población no estaba habituada a ellos, además, ya estaban prohibidas las herramientas cortantes, ¿cómo iban a prohibir ir por ahí con un cuchillo y no con un arma de fuego? Así pues, por primera vez, no fue necesaria la acción del cazador: ambos, el potentado y el matarife, decidieron que se prohibiría portar armas de fuego en la población y sólo podrían usarse para designios determinados: la defensa contra animales salvajes.
A la vez que el número de lobos disminuía, aumentaba el número de pequeños animales, tales como los conejos y las liebres, además de la proliferación de jabalíes y corzos, campaban a sus anchas mientras su depredador natural estaba contra las cuerdas a punta de mosquete.
La situación era prometedora para el cazador, de golpe se encontraba menos lobos y cargaba el triple de pieles de camino al pueblo. A la entrada estaba ya quitando de su cinturón su cuchillo y su hacha cuando el guarda le presentó la novedad: debía dejar su mosquete en custodia.
El cazador no entendía nada, ¿por qué había de dejar el mosquete? Lo había llevado siempre sin problema. Supuso que algo nuevo habría pasado y se puso rumbo al pequeño concilio local a enterarse de las novedades.
Le sorprendió algo nuevo: no era necesaria su intervención para resolver nada. Además, se enteró del motivo por el cual había tenido que dejar su mosquete a la entrada del pueblo, lo cual le preocupó profundamente.
El cazador entendía, ahora, porqué había tenido tanta facilidad para dar caza a un número tan grande de animales, faltaban los lobos y, sobre todo, faltaba él para infundir el miedo en los lobos y recordarles, sin grandes pérdidas, porqué era una mala idea aproximarse a esos animales lentos y bobos que comían hierva sin preocuparse por nada.
El hombre dio una pequeña explicación sobre porqué debía pararse la caza de lobos, estaban desequilibrando el ecosistema y eso traería problemas más pronto que tarde. Los otros dos interlocutores entendieron perfectamente la tesitura, pero decidieron no aceptar la petición del cazador: dado que ya había demostrado que en su situación actual no podía cumplir sus funciones de cazador, la caza seguiría.
El cazador ésta vez no esperó ni a terminar la reunión, se marchó airado, vendió las pieles, recogió sus pertenencias y dejó el pueblo al que volvería en dos semanas.
Sus dos semanas fueron de intensa preocupación, al bosque le pasaba algo, y ese algo era una plaga: sin lobos que controlasen a la población, los animales estaban enfermando y arrasando con su ecosistema, y los cazadores no tenían capacidad suficiente para mantener los números necesarios. Además, los ganaderos no tenían necesidad de cazar, pues les proveían de carne sus vacas, lo que era mucho más sencillo que perseguir escurridizos ciervos o agresivos jabalíes por la espesura.
La escasez en su ecosistema forzó a los animales a acercase a las zonas de cultivo: los jabalíes destrozaban cultivos enteros de patatas, los conejos invadían los huertos de lechugas y otras alimañas, tales como ratas, empezaban a entrar en las casas y a atacar los gallineros buscando comida fácil.
En su vuelta al pueblo, el cazador vio un follón considerable: los agricultores exigían que se pusiese remedio al problema de las plagas y, habiendo hablado con algunos cazadores, acusaban a los ganaderos de haber provocado la situación. Además, los cultivos habían quedado diezmados, así que la cantidad necesaria de jornaleros se había reducido, y mucho no tenían nada que hacer. Para ponerse peor, ésta situación había encarecido el precio del trigo, así pues, las vacas no tenían heno para pasto, y el precio de la carne también se había incrementado, lo cual estaba afectando a los bolsillos de todos, y provocando una bajada en las ventas en el resto de mercados de la zona de su carne.
Así pues, dejó sus enseres, y avanzó a zancadas entre la muchedumbre que discutía para reunirse con los alcaldes. Ambos no terminaban de entender el problema, y ésta vez había una cuarta persona allí: el gobernador. La situación empezaba a inquietar a la capital, así que estaba allí para asegurarse de que la situación no afectase a los intereses de sus jefes.
Tras presentarle la situación desde el punto de vista del cazador, el gobernador tomó una decisión: se prohibiría matar lobos, se quejase quien se quejase, y se pagaría a todo aquel que quisiese cazar para mantener a las plagas bajo control. Todo ésto habría que sufragarlo de alguna forma, así que se crearía un impuesto especial para ésto y, dado que algún ganadero seguiría queriendo saltarse la ley para asegurar la supervivencia de sus vacas, se impondrían multas enormes por la caza de lobos, que servirían para pagar a los cazadores que se ocupasen de las plagas, y para crear un fondo de seguros por si algún ganadero perdía ganado a causa de los lobos.
El cazador se marchó de allí con la sensación de que todo iba a ir peor en su próxima visita, y no se equivocaba. Puesto que era una orden del gobernador, no hacía falta que los alcaldes se pronunciasen, pero a fin de guardar sus cabezas, lo apoyaron, pero el problema inmediato no estaba solucionado.
Los agricultores seguían clamando por sus cosechas perdidas, los ganaderos organizaban corrillos llamando a la insurrección y a la caza del lobo, los jornaleros parados se afanaban en conseguir mosquetes pero, dada su alto precio, muchos de ellos pedían préstamos a los potentados o a gente de dudosa reputación esperando que su suerte como cazadores les daría suficiente para pagarlo rápidamente y hacer beneficios.
Ésto trajo otra consecuencia: el precio de los mosquetes subió como la espuma, así que el consistorio decidió cobrar un impuesto por ellos para poder pagar a los cazadores y el seguro para los lobos, además de pagar a cazadores profesionales para enseñar a los advenedizos.
En su siguiente visita el cazador no fue solo, le acompañaba un nutrido grupo de cazadores, bajaban sin pieles, marchando con una necesidad apremiante: la situación tenía que cambiar ya.
El cónclave se reunió y se presentó la situación: el fondo de seguros no podía hacer frente a los ataques de lobos contra ganado, pero había sospechas fundadas de que se estaban falseando para cobrar el seguro, y así, además, aumentar el precio de la carne. Muchos agricultores estaban dejando que las plagas invadiesen sus cultivos para luego cazarlas en masa, ésto les resultaba más rentable que labrar y cuidar la dura tierra, además de la subvención, obtenían la carne de caza. La necesidad acuciante de mosquetes, más el impuesto que habían creado provocó la formación de un mercado negro de armas que no tributaban y, por lo tanto, de cazadores furtivos, además, muchos de los préstamos expiraban y los embargos, amenazas o palizas se sucedían.
Y otro problema se había presentado en el horizonte: dando que el consistorio no era capaz de pagar el prometido seguro a los ganaderos por sus pérdidas, éstos habían decidido declararse insurrectos, no pagar el impuesto por sus mosquetes, seguir cazando lobos y declarar ilegítimo el mandato del ayuntamiento y el gobernador.
Así pues, de un problema creado artificialmente, la prohibición de llevar navajas, el poder absoluto del ayuntamiento, una persona que no entendía la situación en la que se encontraba y un atajo de cazurros, el pueblo se vio al borde de la quiebra, la ruptura y diferentes grupos sociales peleando entre ellos.
Y, como he dicho, tiene poco que ver con el sentido común, pero sí tiene que ver mucho con la historia que sufrimos éstos días, así que por favor, señor alcalde Mariano, señor alcalde Sánchez, dejen de hacer caso a la gobernadora Merkel, vuélvanse a sus respectivos empleos y dejen de crear problemas artificiales que serían fácilmente resolubles de forma privada, encarnemos al cazador, al ganadero, al agricultor o a cualquier otro del pueblo, gracias.
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